La quisiera lo más sencilla posible: desnuda, esencial, inocente.

Las orejas se abren y entro yo.

Las orejas se abren y entro yo.
Hago mi casita en sus orejas.
Una mano blanca y de dedos puros me toca como pidiendo “permiso” y me lleva a dar una vuelta.
“¿Adónde vamos?”, le pregunto.
“No estás muerta”, me contesta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario