La quisiera lo más sencilla posible: desnuda, esencial, inocente.

El brote y su después.

¿Qué siento?
Vergüenza. Dolor y vergüenza.

Sentir que a tu cuerpo se lo devora el monstruo aguerrido de la vida. Sentir que no sos. Sentir que no fuiste. Y sentir cómo cuesta. Hablar de la cabeza no es un juego, nena.
Te va comiendo de a poco. Te va dejando desnuda. Te va poniendo en bandeja.
Entonces las fragilidades se transforman en tormenta, las palabras en quilombo y el silencio en carne abierta.

¿Qué siento?
Vergüenza. Dolor y vergüenza.

Voluntad, entrega y ceguera.
De eso estaba hecha mi casa, mi cuerpo, mis manos, mi ausencia.

Hay tantas cosas que no puedo explicar.
Hubo tantas emociones que no supe sostener.
Hubo tantas agresiones que no pude devolver.
Hubo tanto fuego
y hubo tanta lluvia
y hubo tanta sangre
y hubo tanta tierra...
que no supe dónde estar y me entregué
al pánico, al olvido y al no sé.

La ignorancia me comió los ojos, la garganta y los pies.
Me soltaron todos, se apagó la vida
y la muerte me dejó para después.

¡Estás al borde del abismo, te caés, te caés!

Y no tenés garganta, ni ojos, ni pies.

Hasta acá llegué, nena, hasta acá llegué.

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