La quisiera lo más sencilla posible: desnuda, esencial, inocente.

Porfiada.

Digamos que  es muy poco probable que vos llegues.

Afuera llueve, llueve a cántaros, llueve azul, llueve gris.
Y a vos seguro te da fiaca buscar el paraguas abrirlo y salir.
Pero como desde acá, 
desde este rincón en blanco, yo puedo

me detengo a inventarte y me lo creo.

Llegas empapada,
con charcos hasta en los ojos,
te mojaron todo menos la sonrisa,
me ensucias la alfombra y la amargura,
yo te alcanzo una toalla y el alma.

No digo nada por costumbre.
Te miro, mejor, con ojos de sapito naranja.

Y no sé qué haces acá.
Nadie te invitó y ya estás adentro,
me asombra tu forma magistral de escabullirte en una vida.

Y mirá, parece que todavía tenés gomina en el flequillo.
Me río, y a vos no te interesa,
te sabés auténtica y lo demostrás a cada instante.


Marta. Marta vuela mientras  tanto.


Y yo que pretendo bajarle las alas encendiéndole un cigarrillo de su cajita
y dejándoselo a elección en el cenicero,
es que tampoco quiero que se vaya tan lejos,
no ahora que tiene frío y yo la tengo tan cerca.


No ahora que llegaste
a pesar de todo y como una desquiciada
al otro lado del puente donde te esperé desde siempre y te sigo esperando
porfiada
con un malvón en vaso de vidrio que aún sobrevive y te asombra.


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