La quisiera lo más sencilla posible: desnuda, esencial, inocente.

El temporal me voló el paraguas del milagro.

Dije que
         no
pero se me cayeron las monedas.

No tuve más remedio que aceptar
y llenar de barro la vereda.

 Te llevaste la toalla y lo sabías.
  Me mojó la noche y no hubo día.
   La humedad no te correspondía.

Corriste lejos.
“No me esperaste, querida”

Se me empapó la frente.
  Tuve miedo de perderte.
“Me hubieras mostrado la cara, al menos, antes de serte indiferente.”

 


     Ya no te comprendía.

Saltaste un charco.
  Saltaste dos.

Me salpicó una pena.
 Se te escurrió el adiós.

Dijiste poco
   ahogaste mucho
    secaste nada.


Mierda.

  Y a mí la tinta me manchó la cara.

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